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La alienación de la mujer

En la época neolítica, entre el 7000 y 3500 a. C, el papel de la mujer era el de dar vida y cuidarla a través de la nutrición y la sanación, rindiendo culto a la Gran Diosa. Debido a ello, la mujer era el centro del hogar y de la civilización, la figura más importante para la continuidad de una sociedad donde predominaba la igualdad y la paz, la estrecha relación con la naturaleza, las artes, la tierra y el mar.

Como aparece en las representaciones arqueológicas encontradas, los símbolos de la época matrística reflejaban los procesos vitales y celebraban la vida y la sexualidad, señala Casilda Rodrigánez en su texto “Origen y discontinuidad de los conceptos y de los símbolos

Cántaro, Laganda M. Arq de Cos 1200 a.n.e.

Cántaro, Laganda M. Arq de Cos 1200 a.n.e.

Jarra de estribo, Agios Niokos, 1300 a.n.e.

Jarra de estribo, Agios Niokos, 1300 a.n.e.

Parece ser, según Stanley Krippner y como explica Mireia Darder en su libro “Nacidas para el placer”, hacia el año 4000 a.C. hubo un gran cambio climático que afectó a Asia Central y Oriente Medio y que cambió, esperemos no para siempre, el curso de la historia.

Ese cambio climático dificultó enormemente la supervivencia de los habitantes de las zonas afectadas, provocando el despliegue de un profundo sentido de la individualidad. Así, esos pueblos indoeuropeos seminómadas se desplazaron con la intención de conquistar otras tierras, traiendo consigo la guerra y la destrucción de las sociedades matriarcales y de culto a la Gran Diosa.

Fue a partir de entonces que el papel de la mujer cambió para ser esposa subordinada al hombre, expulsada de su autenticidad femenina y de su conexión con los ciclos naturales. Todos los símbolos relacionados con la anterior manera de ver el mundo se tacharon de satánicos y se instauraron nuevas religiones enfocadas al hombre y a la destrucción de lo femenino sagrado mediante nuevos conceptos y símbolos que fueron cuajando hasta día de hoy.

En este contexto, es lógico que las mujeres llevemos en nuestro ser una gran culpabilidad, que ya ni sabemos de donde viene; un enorme pesar que nos consume día tras día y que nos aleja de nuestra auténtica naturaleza cada vez más. Bajo una religión y una cultura basadas en la degradación de lo femenino, nuestros cuerpos, nuestros sentidos, nuestras mentes y nuestros espíritus se encuentran alienados de nuestro auténtico ser femenino.

 

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